Los malos libros
En el Día Mundial
del Libro, el Idioma y los Derechos de Autor yo quiero llevar la contra. Quiero
reivindicar todas esas publicaciones de segunda, de cuarta, esas que se leen a
escondidas, donde los autores reconocidos ganan dinero a base de seudónimos, y
autores nóveles pulen sus armas, aunque nunca admitirán luego esas autorías,
esas que refritan argumentos e ilustraciones: el pulp. Herederos del folletín y
del scrapbook.
Revistas del Oeste,
con ancianos banqueros engañando a todos desde su silla de ruedas. De ciencia
ficción con robots y extraterrestres libidinosos que en la tapa raptaban una
bella joven para que el héroe de mandíbula cuadrada pudiera rescatarla. Las
revistas del corazón, los dramas subidos de tono de Corin Tellado. De terror,
donde la chica terminaba como una figura de cera…
Las revistas de
historietas, Condorito, Patoruzú, Las de la editorial Columba con Robin Wood en
los guiones.
Los libros malos,
los del fondo, los mal encarados, fallados, desgastándose de a poco en el fondo
de un estante de una librería de saldo. Esos libros que se llevan en el sobaco
y se leen en el baño. Los bestsellers de las vacaciones, excusa para dormir al
sol, que terminan olvidados en la cajonera del hotel. Que nunca ganarán un
Nobel, ni un premio regional, ni serán reseñados. Que terminan saliendo junto
con el diario, por unos pesos más.
Los que son nuestro
pecado lector.
Los necesitamos
también, porque no solo de Cervantes y Shakespeare y Garcilazo lee el hombre.
Y porque a veces,
en silencio, desde su falsa inocencia, su falta de pretensión, atrapan a esos
no lectores, que se les acercan porque los ven fáciles, los ven que nadie se
los va a sacar, o a tomarles clase, porque se dan cuenta que son libros que no
los van a mirar por encima del hombro. Los ven compañeros, y los leen, aquellos
que nunca habrían leído de otra manera. Y también atrapan. Y forman lectores.
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