Tres cuentos ciberpunk para comenzar a leer el subgénero más potente de la CF

 

Tres cuentos ciberpunk para comenzar a leer el subgénero más potente de la CF, a raíz de una charla con estudiantes del ISFDyT 45 de Haedo y la última Edibordial.

 

NOTA: Este texto fue escrito en un chat de wasap conmigo mismo entre las 2:05 y las 2:45 AM. Luego fue pasado a través de una IA y revisado y editado por mí en una Netbook, no se utilizaron ni papel ni lápiz para hacerlo).

Mi abuelo nació a principios del siglo XX. Lo más avanzado en tecnología que conoció fue el gas, la luz eléctrica y una radio a pilas. Mi padre nació en 1945. Para él, la tecnología fue su trabajo: técnico electricista, arreglaba máquinas eléctricas en la fábrica. Al salir, andaba en una bicicleta, luego fue un Renault 12 y más tarde un Duna. Miraba televisión de vez en cuando, y hoy apenas usa el celular. En sus vidas, la tecnología era algo externo. Útil o preocupante, trabajo o comodidad, pero siempre externo.

En la ciencia ficción de los años 50 también ocurría eso. Los autores podían ser optimistas como Asimov o pesimistas como Bradbury, pero la tecnología seguía siendo algo que la ciencia podía darle o quitarle a la humanidad. Estaba afuera.

Hoy, necesitamos la tecnología para ser humanos. No se trata de si usamos la calculadora o memorizamos las tablas de multiplicar que era la polémica cuando yo estudiaba. La sumatoria de avances tecnológicos dio un salto de cantidad en calidad. Somos con y a través de la tecnología. Sabemos la hora gracias al celular, manejamos gracias al celular. Hablamos todo el tiempo con varias personas a la vez con el wasap, nos comunicamos en forma continua por redes sociales.

Las redes son nuestras comunidades ampliadas. Si somos humanos porque contamos historias, ahora las contamos a través de las redes. Si somos humanos porque formamos comunidad, la estamos formando en línea. Y eso sin hablar del momento en que la inteligencia artificial se integre del todo a nuestras vidas: para comprar, pagar, hablar, entretenernos, buscar ayuda… usamos el celular.

Eso es hoy, es la actualidad.

Vivimos en un mundo de ciencia ficción. Pero no cualquier ciencia ficción

Es ciberpunk. ¿Qué es ciberpunk?

ES que necesitamos la tecnología para “ser”, pero esa tecnología no es inocente. No es tuya. No es como el Renault 12 de mi viejo. La tecnología actual la alquilás, la descargás, es de una plataforma, de prepago, y si parece gratis, ya sabés: “el producto sos vos”. Como con la droga: la primera te la regalan. ¿Cuánto vas a pagar por ChatGPT cuando sea tu mejor ayudante en el trabajo, tu consejero sentimental, tu terapeuta, tu doble o tu amigo muerto con el que podés seguir hablando gracias a una simulación cargada con su información? (Eso ya se puede hacer hoy).

Es tecnología de alquiler. Tecnología para existir. Como el personaje de Chandler que compra solo el tomo de la V de la enciclopedia y queda condenado a la ignorancia y a la burla.

Tecnología que además se hace invisible a propósito. Un algoritmo decide qué mostrarte. Sí, está bien que filtre violencia o pornografía, pero también filtra por otras categorías: edad, género, afiliación política, nivel de estudios. Todo eso también es censura. Y no lo controlás vos. Ni siquiera el Estado lo regula.

La ANMAT puede obligar a que en un paquete diga “fiambre de cerdo” en lugar de “jamón” o poner octógonos en las golosinas,

(esta parte, el chat GPT decidió quitarla, ejemplo claro de cómo nos está manejando: “y fotos asquerosas de cancer en los paquetes de cigarrilos”)

pero nadie regula los algoritmos de TikTok, de X, de YouTube. Y los dueños de los algoritmos son los dueños del mundo: Bezos, Gates, Zuckerberg, Musk.

El sistema ya integró la tecnología. El humano ya integró la tecnología. Pero esa tecnología tiene dueño. Esa es la esencia del ciberpunk.

Entonces, no solo vivimos en un mundo de ciencia ficción. Vivimos en un mundo ciberpunk.

¿Cómo no vamos a leer ciencia ficción y ciberpunk?

Autores que hace 70 años (Asimov, Bradbury) o 40 (Gibson, Stephenson, Sterling) imaginaron las posibilidades de lo que vivimos hoy, y de lo que se viene.

Y eso que hasta ahora es la parte optimista. ¿Cuánto falta para que los influencers sean reemplazados por avatares de IA?

¿Para que los videos falsos generados por IA hagan imposible distinguir qué es real? Ya pasó con Macri. ¿Qué pasa cuando haya miles así? ¿Cómo vas a saber qué piensa o propone un político?

Imaginá videos hechos por algoritmo a medida del votante. Un candidato prometiendo A y Z al mismo tiempo, según quién lo mire. Dos personas votando al mismo candidato, una porque está a favor de algo, la otra porque cree que está en contra. No hace falta mostrarlo pateando gatitos: basta con personalizarlo hasta que sea imposible saber quién es.

Políticos avatar.

Y si querés la parte más oscura: edición genética para todos y todas. Una inyección y lo que quieras: más músculo, más inteligencia, los ojos que el algoritmo te convenció que necesitás. O que el patrón necesita.

Eso no es ciberpunk.

Eso es biopunk y será parte de otro post.

 Ahora si, tres cuentos ciberpunk:

Johnny Mnemonic de William Gibson. El protagonista es un hacker traficante de datos, unido con una chica letal que tienen que escapar de un ejercito yakuza de asesinos corporativos.

Rock on, de Pat Cadigan: Reseñarlo en spoilearlo.

Veinte evocaciones de Bruce Sterling: un caleidoscopio futurista.

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